Julio Ikeda, historia del gran emprendedor Existen peruanos que se hicieron solos y cuyas vidas pueden servir de inspiración a quienes ahora pretenden levantar sus propios negocios.

Imagen de Julio Ikeda.
Imagen de Julio Ikeda.

Incluso en peores circunstancias que las de ahora, han habido peruanos que, a base de esfuerzo y fieles a sus emprendimientos, han sacado adelante sus empresas y con ellas, al país.

Este es el caso de Julio Ikeda, y es que no hay peruano que hoy no saboree el fruto del esfuerzo de los Ikeda. Julio Soichi Ikeda Tanimoto, nacido en el año 1912 en Japón, llegó muy joven a Perú con la firme ambición de crear riqueza. Corría julio 1927 cuando con tan solo quince años se subió a un barco para cruzar los océanos.

Pensó que en Sdamérica encontraría la gallina de los huevos de oro así que tras un mes de travesia en el barco comenzó a trabajar como agricultor y luego, junto a unos socios, se dedicó a la producción de sillau que distribuía entre la colonia japonesa.

Todo iba muy bien hasta que, en 1944, con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, Perú le declaró la guerra a Japón e Ikeda fue detenido, deportado a EE.UU y despojado de todos sus bienes. Lo había perdido todo. No solo le quitaron su libertad, también su empresa. Con su esposa, Rosa Matsukawa, y sus dos pequeños hijos, Julio y Máximo, don Julio fue llevado hasta un campo de concentración en New Orleans.

Una vez rematada la guerra, a don Julio le dieron a escoger: quedarse en Estados Unidos, regresar al Perú o ir a Japón.

El emprendedor, decidió regresar a Sudamérica y buscar una segunda oportunidad junto con su esposa y sus dos pequeños hijos. Esta, era una apuesta de riesgo que él estaba dispuesto a enfrentar. De regreso al Perú la familia Ikeda solo encontró muchos problemas, no tenían de qué vivir, la situación era tan dramática que un familiar tuvo que brindarles posada en una casa de Chorrillos. El matrimonio ya tenía el tercer hijo, Alberto.

En esos años los japoneses en el Perú tenían pocas alternativas para trabajar, podían ser peluqueros, abrir un bazar, un restaurante o ser granjeros. A don Julio se le cruzó en el camino un primo que le propuso criar aves. En 1948, con 35 patos madres y 4 patos machos reproductores el patriarca de los Ikeda empezó un negocio con el cual solo esperaba tener algo de dinero para mantener a sus hijos.

Luego de vender patos, la familia se dio cuenta de que también podían ingresar a la crianza de gallinas y empezaron la producción de huevos. Durante quince años subsistieron de patos y huevos pero casi no había ganancias económicas.

Con el pasar de los años y el incremento de la popularidad del pollo a la brasa, en 1963 los Ikeda adquirieron 468 pollitos. Desde entonces la producción de pollos no se detuvo y pasaron a tener mil pollos, luego 2000, después 3000. Tuvieron que buscar un terreno en Lurín para seguir creciendo hasta que llegó 1968 y con una crisis de precio y la peste, la familia quedó sin capital

Con la garantía de su buen trabajo un amigo les vendió cuatro mil pollitos a crédito. Dos años después, los Ikeda tenían 8000 pollos en sus tres galpones. Se dice que, si es en familia, es mejor. Luego de repuntar de la crisis, sus hijos comenzaron a participar y a aportar conocimientos a su padre. Fue así como se dividieron las tareas: Alberto había construido el último galpón en Chincha, mientras Máximo y Fernando se dedicaban a la producción y Julio a la comercialización.

En 1972 Julio y su familia deciden ponerle una marca a sus pollos:San Fernando. “Sonaba bonito, tal vez le pusimos ese nombre por el hermano menor, Fernando”, recuerda Julio hijo. Para finales de esa década la producción de San Fernando era de ocho mil pollos semanales. “Ya éramos importantes, había muchos granjeros pero queríamos diferenciarnos en tener una producción diaria”, agrega el mayor de los hijos.

Repensar una y otra vez el negocio, estar atento a los pedidos de los compradores y buscar la innovación en el sector, permitieron a San Fernando destacarse de la competencia. Por ejemplo, una de las ideas innovadoras, fue comprar la producción de pollos a otros granjeros para así asegurarse de que no hubiera un sólo día en que no salieran aves de la tienda. Julio Ikeda conversó con otros granjeros para que le vendieran su producción de pollos.

A bordo de camionetas y camiones los Ikeda iban por Chorrillos, Cañete, Puente Piedra y otros lugares para comprar pollos y venderlos con su marca. Algo revolucionario para la época.

Con el sistema de granjeros integrados se consolidó como el segundo mayor productor de pollos del país detrás de Nicolini.

Por otro lado, ante el crecimiento y la ventaja de su competencia “Nicolini”, que era la productora más grande de pollos, los Ikeda decidieron crear un molino para poder obtener su propio alimento. Para 1977, iniciaron las operaciones de la primera planta de alimento balanceado y, gracias a la experiencia y los buenos resultados, deciden incursionar en dos nuevos negocios: el de huevos comerciales, en 1979, y luego en la crianza de cerdos, en 1986.

Para los ochenta, el consumo de pollo en el Perú era como el pan de cada día, en esos años San Fernando hizo famoso su slogan “la buena familia”. A fines de los noventa Nicolini dejó la crianza de pollos y vendió su planta de beneficio a San Fernando.


Don Julio hijo dice
hoy que esta empresa, con 4800 trabajadores, más de 1 millón de pollos por mes vendidos, cien granjas integradas, dos plantas de beneficio con producción de dos mil pollos por hora solo ha podido conseguir eso bajo los principios que su padre les inculcó desde pequeños: disciplina, respeto, fortaleza y honestidad. Ese fue el secreto para encontrar a la gallina de los huevos de oro.

San Fernando es líder en todos los mercados en los que participan a nivel nacional. Se destaca como el mayor productor de carne de aves, huevos, cerdo y embutidos. En el extranjero, exportan a mercados competitivos como Bolivia, Colombia, Ecuador y Panamá.

Sin dudas que la perseverancia, la humildad, el trabajo y el respeto fueron las claves de “Don Julio” para poner a San Fernando en un lugar privilegiado y ejemplar para muchas empresas del mercado vinícola. Hoy, sus hijos, siguen el legajo de su padre. La famila Ikeda sabe que el resultado, la poderosa avícola San Fernando, no es obra de ningún milagro.

El patriarca de los Ikeda no nació en el Perú, pero sí demostró durante toda su vida que quería a este país mucho más que el promedio.

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